Una casa nunca es solo lo que vemos
Una habitación puede ser preciosa en una fotografía y, sin embargo, producir una impresión completamente distinta cuando entramos en ella.
Tal vez la voz rebota más de lo esperado. El suelo resulta frío bajo los pies. Una superficie que parecía suave desde lejos es rugosa al tocarla. La luz cambia al avanzar unos pasos y una zona que en la imagen parecía abierta se siente mucho más próxima cuando nuestro cuerpo ocupa el espacio.
La fotografía nos cuenta mucho de un interior. Pero no puede contarlo todo.
Durante décadas, la arquitectura y el interiorismo se han representado principalmente a través de la vista. Plantas, perspectivas, fotografías y renders han convertido la imagen en una de nuestras herramientas fundamentales para comprender los espacios. Sin embargo, la investigación sobre percepción multisensorial recuerda algo bastante elemental: nuestra experiencia del entorno no procede de un único sentido. Vista, oído, tacto, olfato y señales relacionadas con la posición y el movimiento del cuerpo participan conjuntamente en la manera en que percibimos un lugar.
Y eso cambia la pregunta.
Quizá ya no se trate únicamente de preguntarnos cómo se ve una habitación, sino de empezar a observar o mejor dicho, a percibir qué ocurre cuando realmente la habitamos.
Portada y fotografía: Clay Banks / Unsplash · Adaptación visual de la imagen de esta sección: Velvet Europe.
Cuando la imagen no alcanza
En una pantalla podemos entender colores, formas, proporciones y buena parte de la relación entre los objetos.
Pero no sabemos exactamente cómo sonará una conversación allí.
No podemos sentir la temperatura de una encimera de piedra, la dureza de una madera, la textura de un tejido ni el cambio acústico que se produce al pasar de una zona abierta a otra más resguardada.
Tampoco percibimos del todo la escala.
Una fotografía puede ampliar visualmente una habitación mediante el objetivo utilizado, mientras que nuestro cuerpo posee una referencia mucho más inmediata: sabemos cuánto tenemos que caminar hasta una ventana, cuánto debemos inclinarnos para alcanzar una mesa o cuán cerca queda una pared cuando nos sentamos.
Habitar introduce una dimensión que la imagen fija no tiene: el tiempo y el movimiento.
Nos acercamos, nos alejamos, giramos, tocamos, escuchamos. El espacio cambia a medida que lo recorremos.
Esta idea es una de las razones por las que el diseño sensorial resulta interesante. No propone abandonar la estética visual. Propone reconocer que la vista es solo una parte de una experiencia mucho más amplia.
Fotografía original: Lumbardh Plluzhina / Unsplash · Adaptación visual: Velvet Europe
La materia también se percibe con el cuerpo
Hay materiales que empezamos a “tocar” antes de acercar la mano.
La veta de una madera, el brillo de un metal, una piedra mate o un lino grueso generan expectativas táctiles a partir de lo que vemos. Los estudios sobre percepción de materiales muestran precisamente una estrecha relación entre la información visual y la háptica: ciertas propiedades, como la dureza o la rugosidad, pueden ser anticipadas visualmente aunque la experiencia táctil añada información propia.
Cuando finalmente tocamos una superficie aparecen otras diferencias.
La investigación sobre percepción táctil identifica dimensiones recurrentes como rugosidad o suavidad, dureza o blandura y sensación de frío o calor; también intervienen propiedades relacionadas con la fricción, como lo seco, húmedo, deslizante o adherente.
Aquí conviene evitar una simplificación bastante habitual en interiorismo.
Decir que un material es “cálido” no significa necesariamente que esté a mayor temperatura.
Materiales expuestos al mismo ambiente pueden sentirse distintos porque intercambian calor con nuestra piel de manera diferente. En un pequeño estudio experimental con diez superficies de mesa, los materiales derivados de madera, de menor efusividad térmica, tendieron a percibirse más agradables y cálidos al contacto que otros materiales analizados. Es un resultado interesante, pero no significa que “la madera genere bienestar” ni que exista una respuesta idéntica para todas las personas y contextos.
Para el diseño, la consecuencia es más sencilla y más útil.
Elegir un material también significa elegir cómo se sentirá cuando alguien lo toque.
Una mesa, un tirador, un suelo, una barandilla o el brazo de una butaca son puntos de contacto entre arquitectura y cuerpo. Su experiencia no termina en el color.
Fotografía: Inside Weather / Unsplash
Cómo suena una habitación
Podemos entrar en una vivienda sin prestar atención consciente a su acústica y, aun así, notarla.
Una estancia con muchas superficies duras y reflectantes puede generar más reflexiones: el sonido rebota con mayor intensidad en las superficies. Introducir materiales absorbentes modifica ese comportamiento y puede reducir la reverberación, la prolongación del sonido dentro de la habitación después de haberse producido.
En una casa, esto no significa que exista una fórmula sencilla del tipo “alfombra igual a buena acústica”.
El volumen de la estancia, su geometría, las superficies, los materiales y la frecuencia del sonido influyen conjuntamente. Un textil puede ayudar, pero no sustituye un estudio acústico cuando existe un problema real.
Lo interesante desde el interiorismo es tomar conciencia de que los materiales también componen una habitación sonora.
Vidrio, piedra, yeso, madera, cortinas, tapizados, alfombras, libros y mobiliario no solo construyen una paleta visual. Intervienen, en diferentes grados, en la manera en que el sonido se refleja, se absorbe y permanece en el espacio.
Dos interiores casi idénticos en una fotografía pueden resultar muy diferentes cuando alguien empieza a hablar dentro de ellos.
Y quizá esa sea una de las facetas menos fotografiables y más reales de una casa.
Fotografía original: Andrea Davis / Unsplash · Adaptación visual: Velvet Europe
La temperatura también pertenece a la experiencia
Aquí necesitamos distinguir dos cosas que se confunden con facilidad.
Una es la sensación táctil de una superficie.
Otra, el confort térmico de una habitación.
El confort térmico no depende únicamente de la temperatura indicada por el termostato. ASHRAE considera conjuntamente factores ambientales como la temperatura del aire, la temperatura radiante, relacionada con el intercambio de calor entre nuestro cuerpo y las superficies que nos rodean, la humedad y la velocidad del aire, junto con factores personales como la actividad y la ropa.
Además, la percepción del confort térmico varía entre personas. Dos ocupantes pueden experimentar de manera diferente una misma habitación, incluso bajo las mismas condiciones ambientales.
Esto es importante porque evita conclusiones demasiado simples: ningún material ni una única temperatura garantizan, por sí solos, que un espacio resulte confortable para todos.
Un sofá de terciopelo puede parecer visualmente cálido, y una superficie de madera sentirse menos fría al tacto que otra con propiedades térmicas diferentes. Son percepciones reales, pero parciales: por sí solas no definen el confort térmico de una estancia.
El diseño sensorial se vuelve más interesante precisamente cuando dejamos de buscar una única explicación para cada sensación.
Una habitación es una combinación de condiciones que se influyen entre sí.
Fotografía original: Clay Banks / Unsplash · Adaptación visual: Velvet Europe
La luz transforma lo que percibimos
Decir que un interior necesita “buena luz” resulta demasiado impreciso.
La cantidad importa, pero no es lo único.
La Comisión Internacional de Iluminación señala, en su estándar para iluminación interior de lugares de trabajo, que la calidad de la iluminación depende también de cómo se distribuye la luz, de las características cromáticas de la fuente y de las superficies, y del control del deslumbramiento. Aunque una vivienda tiene necesidades distintas de una oficina, el principio es útil: más luz no equivale automáticamente a mejor luz.
En casa, la experiencia cambia con la dirección desde la que llega.
Una luz lateral puede revelar la textura de una pared que una iluminación frontal prácticamente aplana. Una superficie brillante devuelve reflejos donde una mate los dispersa de otra manera. Una estancia orientada al este no se comporta igual a las ocho de la mañana que al final de la tarde.
Por eso diseñar con luz implica aceptar que un interior no es visualmente estable.
Las sombras avanzan. Los tonos cambian. Aparecen reflejos. Algunas texturas se vuelven evidentes y después desaparecen.
Quizá una de las mejores maneras de comprender una habitación sea observarla en más de un momento del día antes de decidir qué necesita.
No porque exista una iluminación “correcta” universal, sino porque la luz forma parte del material cambiante del espacio.
Fotografía original: Planet Volumes / Unsplash · Adaptación visual: Velvet Europe
Una casa se recorre
Tal vez este sea uno de los aspectos que más fácilmente olvidamos cuando miramos interiores en una pantalla.
Las casas no se observan desde un punto fijo. Se atraviesan.
Cuando caminamos, no nos orientamos solo con la vista y el oído. El cerebro integra también señales vestibulares, relacionadas con el equilibrio y el movimiento; somatosensoriales, procedentes del contacto y otras sensaciones corporales; y propioceptivas, que nos informan sobre la posición y el movimiento de nuestro cuerpo. Gracias a esa combinación podemos orientarnos y distinguir nuestro propio desplazamiento de los cambios que ocurren a nuestro alrededor.
El diseño participa constantemente de esa experiencia.
Un pasillo que se estrecha antes de abrirse a una estancia amplia.
Un cambio de suelo que anuncia otra zona.
Un techo más bajo que precede a una doble altura.
Una mesa alrededor de la cual podemos circular cómodamente o no.
La distancia entre el sofá y la mesa de centro.
El lugar donde debemos detenernos para abrir una puerta.
Son decisiones espaciales que rara vez protagonizan una fotografía y, sin embargo, pueden determinar cómo vivimos una habitación.
La escala deja entonces de ser una cuestión exclusivamente visual.
La medimos también con nuestro cuerpo.
Fotografía original: Lisa Anna / Unsplash · Adaptación visual: Velvet Europe
La huella olfativa de una casa
El olfato quizá sea el ejemplo más evidente de aquello que ninguna fotografía puede transmitir.
Un espacio recién ventilado, madera, café, textiles guardados, humedad, cocina, flores o un producto de limpieza forman parte de la identidad cotidiana de una casa.
En Velvet Europe ya dedicamos una publicación completa a los aromas en el diseño de interiores, por eso aquí no necesitamos repetirla.
Lo que sí nos interesa recordar es que el olor forma parte del espacio aunque no haya sido incorporado conscientemente como elemento de diseño.
Y ese matiz es importante.
Diseño sensorial no significa perfumar todas las habitaciones.
Significa reconocer que lo que olemos ya participa de nuestra percepción del lugar.
Fotografía original: Lilartsy / Unsplash · Adaptación visual: Velvet Europe
Cuando los sentidos se encuentran o no coinciden
Aquí el diseño sensorial se vuelve especialmente fascinante.
No percibimos el espacio con cada sentido por separado. La información visual, auditiva, táctil y corporal se combina continuamente para construir nuestra experiencia del entorno. La investigación sobre percepción multisensorial estudia precisamente esas interacciones y, aplicada al diseño de los espacios interiores, nos permite ir más allá de una lectura aislada de la vista, el oído, el tacto o el olfato.
Y a veces esas señales coinciden.
Una madera mate puede parecer suave y sentirse suave al tacto.
Un tejido de cierta densidad puede sugerir visualmente absorción y, según sus características y la forma en que se incorpora al espacio, contribuir también a modificar su respuesta acústica.
Pero otras veces lo que vemos y lo que experimentamos no coinciden.
Una superficie puede parecer cálida y resultar fría al contacto.
Una habitación puede verse íntima y, sin embargo, hacer que las voces y los sonidos permanezcan demasiado tiempo en el ambiente.
Un suelo visualmente liso puede sentirse rugoso bajo los pies.
Esas diferencias nos recuerdan que la estética visual no siempre anticipa por completo la experiencia física de un espacio.
Y quizá allí aparece una de las preguntas más interesantes para el interiorismo contemporáneo:
¿Estamos diseñando espacios para ser fotografiados o para ser experimentados?
No tienen por qué ser objetivos opuestos. Un interior puede ser visualmente atractivo y, al mismo tiempo, estar pensado para cómo se toca, se escucha, se recorre y se vive.
Fotografía: Kam Idris / Unsplash
Diseñar no significa añadir estímulos
Hablar de diseño sensorial podría llevarnos fácilmente a imaginar una casa llena de aromas, superficies diferentes, sonidos, luces y materiales destinados a “activar” cada sentido.
Sería justamente lo contrario de lo que proponemos.
Un espacio saturado también es una experiencia sensorial.
A veces diseñar consiste en reducir una reverberación molesta, controlar un reflejo, suavizar una superficie demasiado dominante, facilitar la circulación o crear zonas donde los estímulos visuales, sonoros y táctiles sean más suaves.
Podemos hacer una pequeña prueba en casa.
Entrar en una estancia que conocemos bien y, durante unos minutos, dejar de preguntarnos si nos gusta su decoración.
Escuchar cómo suena.
Tocar las superficies que utilizamos todos los días.
Observar cómo cambia la luz al desplazarnos.
Prestar atención a la temperatura cerca de una ventana y en el centro de la habitación.
Caminar alrededor de los muebles y notar dónde el movimiento resulta natural y dónde se interrumpe.
No necesitamos encontrar un problema.
El ejercicio consiste simplemente en descubrir cuánta información del espacio suele quedar fuera de nuestra atención consciente.
Porque una casa nunca es solo lo que vemos.
Es también lo que tocamos, escuchamos, olemos y recorremos.
Diseñar para los sentidos no significa añadir estímulos. Significa comprender cuáles ya existen y cómo se relacionan.
Fotografía: Clay Banks / Unsplash
Fuentes y referencias
- Spence, Charles (2020). Senses of place: architectural design for the multisensory mind. Cognitive Research: Principles and Implications, 5, 46. DOI: 10.1186/s41235-020-00243-4. Consultar publicación
- Okamoto, Shogo; Nagano, Hikaru; Yamada, Yoji (2013). Psychophysical dimensions of tactile perception of textures. IEEE Transactions on Haptics, 6(1), 81–93. DOI: 10.1109/TOH.2012.32. Consultar publicación en PubMed
- Podrekar Loredan, Nastja; Lipovac, Dean; Jordan, Sabina; Burnard, Michael David; Šarabon, Nejc (2022). Thermal effusivity of different tabletop materials in relation to users’ perception. Applied Ergonomics, 100, 103664. DOI: 10.1016/j.apergo.2021.103664. Consultar publicación en PubMed
- Acoustical Society of America. Classroom Acoustics for Architects: A companion booklet for ANSI/ASA S12.60 Parts 1 and 2. Recurso sobre reflexión, absorción, reverberación y diseño acústico de los espacios. Consultar recurso de la Acoustical Society of America
- ISO / CIE (2025). ISO/CIE 8995-1:2025 — Light and lighting — Lighting of work places — Part 1: Indoor. International Organization for Standardization / International Commission on Illumination. DOI: 10.25039/ISO.CIE.8995.1.2025. Consultar estándar en ISO
- ASHRAE (2023). ANSI/ASHRAE Standard 55-2023 — Thermal Environmental Conditions for Human Occupancy. Estándar sobre las condiciones ambientales y personales que intervienen en el confort térmico. Consultar Standard 55 en ASHRAE
- Bremmer, Frank (2011). Multisensory space: from eye-movements to self-motion. The Journal of Physiology, 589(4), 815–823. DOI: 10.1113/jphysiol.2010.195537. Consultar publicación


